12 febrero, 2006

“Salimos de EE.UU. prácticamente botados”


Pero Irma Sehwerert había decidido irse desde mucho antes, incluso vino a Cuba en 1959, y regresó a cumplir el mandato de la Patria

Era frío aquel invierno en Chicago, pero el maltrato y la intensidad de las jornadas agotaban extremadamente. En la fábrica de postales laboraban muchas puertorriqueñas; las gestantes tenían que trabajar hasta los nueve meses. El esposo de una de las embarazadas estaba enfermo de tuberculosis, el salario de ella era mínimo, e hicieron una colecta para comprarle la canastilla.
Corrió el rumor de que Irma Sehwerert había organizado aquel movimiento, y fueron a verla los representantes de los sindicatos, “que no resolvían nada en ese momento”, para que llenara unas planillas de afiliación a los trabajadores.

“Y yo, que no tenía experiencia ni ideología ni sabía de política, me comprometí a hacerlo, y me botaron. Más bien me fui, para tratar de que aquello se calmara. Ellas tenían mucha necesidad, trabajaban para comer, yo contaba con el apoyo de mi mamá. Esa fue mi experiencia más grande, tenía 17 años.”

El desarraigo familiar, las contradicciones que experimentó en Estados Unidos, el rigor de la vida laboral, la ruptura con la madre y la hermana por su retorno a la Patria, convirtieron en mujer a la niña enfermiza, tímida, nacida en Santa Cruz del Sur.

“Cuando me vi sola en Cuba, tuve que crecer”.

Había triunfado la Revolución cubana, y quedaron atrás los viajes diarios en tren desde Indiana hasta Chicago, los días espantosos en la fábrica de puré de tomate, en la de tubos de pasta y de medicamentos, la huelga en la gran fábrica de acero donde trabajaba Cándido, el esposo.

Mas, tenía como precedente la participación de ambos en todo cuanto fue útil a la Patria: se incorporaron al Movimiento 26 de Julio, vendieron bonos, recogieron dinero para mandar a la
Sierra. Y en 1959 vinieron con la idea de quedarse definitivamente en Cuba.

Se reunieron con el entonces Ministro de Trabajo, pero él les dijo que era más importante su permanencia en Estados Unidos, porque comenzaría el éxodo de gente, la propaganda contra
Cuba y ellos estarían allá para combatirlos y trabajar en la defensa de nuestra causa. Tuvieron que quedarse un tiempo más.

Después de la victoria de Playa Girón la vida se les hizo imposible. Participaban en todas las manifestaciones en Washington y Nueva York, impartían conferencias sobre la realidad en Cuba, y comenzaron a recibir amenazas de los gusanos que llegaban, de la contrarrevolución. “Salimos de EE.UU. prácticamente botados.

“El viaje lo hice llorando, dejaba a mi madre destruida, pero para mí, en aquel momento y ahora, sigue siendo más importante la humanidad. Me dije que mamá algún día lo entendería”.

EL TRABAJO DEL SINDICATO LE CORRE POR LAS VENAS

La incipiente experiencia en el trabajo político o su vocación de estar en contra de las injusticias, virtud que había cultivado desde niña, le valieron a Irma Sehwerert a su llegada a Cuba.

Alfabetizar a las vecinas fue la primera tarea que emprendió, aún antes de comenzar su vida laboral. Con su ingreso al Instituto de Investigaciones Pesqueras surgió la líder sindical.

“Constituimos la sección sindical y las milicias. Enfrentamos la lucha ideológica, por la oposición de algunos a crear estas organizaciones, por la confusión. Había personal desafecto a la Revolución, científicos formados en el capitalismo, muchos de los cuales abandonaron el país, otros se incorporaron a la Revolución. Fue aproximadamente en octubre de 1962. Entonces yo era la jefa de la biblioteca.“

La vida de Irma se fue complicando. El Instituto le quedaba muy lejos y no tenía familia en Cuba que la ayudara en la atención a sus hijos René y Roberto, nacidos en Estados Unidos. Se trasladó al centro de información técnica del Ministerio de la Industria Básica, donde conocían de su experiencia sindical, y fue electa segunda del buró.

Quince años de experiencia forjaron a una excelente trabajadora y dirigente sindical de base.
De esta etapa recuerda “una de las cosas más grandes de mi vida. Fui de las ocho mujeres que seleccionaron para probar las primeras cortadoras de caña en Cuba.

“Era la esperanza de humanizar el trabajo del hombre, y cuando el ministro Joel Domenech me dijo que había sido seleccionada entre las compañeras... ¡imagínate!, no tenía con quien dejar a mis hijos, casi me caigo del octavo piso del edificio del MINBAS. Pensé: ’trágame tierra’, pero primero muerta a decir que no, me parecía mentira que entre tantas personas fuera de las elegidas…”

Durante las zafras de 1969 y 1970 Irma Sehwerert trabajó cronometrando los errores de las máquinas para que los ingenieros hicieran los cambios o adaptaciones a las combinadas. No tenía familia en Cuba, “pero sí amistades. Mis amigas se distribuyeron las tareas con los niños, la ropa el fin de semana y me fui, primero a Camagüey, luego a Matanzas”.

En uno de esos días en que ella regresaba a Matanzas, Renecito llegó de los Camilitos con hepatitis, “y me lo llevé para la zafra, pasó su enfermedad en el central azucarero, rodeado de
un amor tremendo”.

En 1973, por solicitud de la CTC, ingresó a la nómina de los cuadros profesionales del Sindicato Químico Minero Energético, donde se mantuvo hasta su jubilación 20 años después. “No me preocupa mucho la edad. Adoro el trabajo del sindicato, para mí no hay nada más lindo que trabajar con la clase obrera.

“Fue una época muy linda. Mucha gente me criticó, porque yo empecé la universidad una pila de veces y siempre la tenía que dejar por el trabajo de la Revolución; luego nació mi nieta Irmita y decidí que era más importante ayudar en su crianza”.

Irma también alfabetizó a los pescadores en los barcos, fue profesora sindical, tenía vocación de maestra, “lo que pasa es que en el capitalismo no lo podía ni soñar, hubiera sido maestra sin duda ninguna. Tengo la satisfacción de haber hecho todo cuanto pude por la Revolución”.
Tuvo el privilegio de conocer al Che. “Lo vi cuando Rini era chiquito”. Cándido, el padre de
René González Sehwerert, los llevaba al trabajo voluntario en la fábrica de plástico donde era dirigente sindical. Irma estaba conmovida con las anécdotas que contaban las personas que lo habían conocido en las provincias, “para nosotros el Che es algo muy especial.

“Le dio la mano a Renecito. Los dos le halaban la ropa, cargó a uno, creo que a Robe, que era más chiquito, tendría unos cuatro años; ese encuentro fue lindísimo”.

“MAMÁ QUERÍA QUE ME CASARA CON UN AMERICANO”

Siendo muy joven, la madre de Irma se radicó en EE.UU. con la ilusión de llevarse a las hijas, que había dejado en Cuba al cuidado de la abuela paterna. A los 14 años la protagonista de esta historia se unió a su mamá.

“Ella quería que me casara con un americano, para tenerme a su lado, pero yo me negaba, no soportaba vivir allá. Era una sociedad muy injusta. Un día conoció a Cándido y me dijo que era un cubano buenísimo y lo invitó a comer. Como su situación económica en Cuba no era buena fue a jugar pelota a EE.UU. y se quedó ilegalmente. Luego lo deportaron, pero mamá hizo gestiones y lo regresó; ya éramos novios y nos casamos cuando yo tenía 18 años.”

Los recuerdos de Irma viajan por aquellos años. Cuando se incorporó a la actividad revolucionaria las relaciones con su familia se complicaron. “Yo era la oveja perdida de la familia”. La situación cambió después del proceso de René, y ella, que había jurado no ir más a aquel país, tuvo que regresar para traer a su nieta Ivette y participar en algunas sesiones del juicio contra los Cinco en Miami.

Ahora sus familiares también la visitan en su querido Cotorro. Un día la hermana le confesó:
“Ahora me doy cuenta por qué tú estás en este país”.

LOS VALORES TRANSMITIDOS A LOS HIJOS

“Yo tengo un pesar en mi conciencia. Es pensar que crié demasiado recio a mis hijos. Las distracciones de René y Roberto eran una trinchera en las clases de milicia, un trabajo voluntario, una zafra azucarera. Si algo ha contribuido a que no me sienta tan mal, es que siempre tuve tiempo para la atención espiritual de los muchachos: conversar los problemas con ellos, aconsejarlos. Esas cosas nos mantuvieron muy unidos.”

Su casa fue el centro de la familia, y a pesar de estar divorciada, la relación con el padre de sus hijos es amistosa, de mucho cariño. “Tuvimos nuestros problemas de pareja, pero eso no nos dañó desde el punto de vista humano”.

Después de su jubilación laboral, Irma encuentra sosiego en el trabajo comunitario. Es diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular y como parte del trabajo en la Comisión de Prevención visita regularmente las prisiones en Cuba. “Una vez les hablé a los familiares que estaban en un cumpleaños colectivo. Les conté que yo sólo podía darle un beso a mi hijo cuando llegaba y otro cuando me iba de la cárcel, y escondido pasarle un poquito la mano, porque si nos descubren, nos llaman la atención... Yo nunca digo que soy la mamá de René, pero casi siempre se enteran. Esta tarea me ha enriquecido espiritualmente. Soy feliz con ese trabajo”.

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